Situada
en la diócesis de Leiría, perdida en uno de los
contrafuertes de la Sierra de Aire, a 100 kms. al norte de Lisboa
y casi en el centro geográfico de Portugal, Fátima
tiene a su alrededor, en un radio de cerca de 25 kms., algunos
de los monumentos más elocuentes y simbólicos de
la historia portuguesa: el castillo construido por Don Alfonso
Enríquez en Leiría, cuyas imponentes ruinas, altas
murallas y fuertes y bellos torreones, se yerguen en la cumbre
de una colina de 113 metros de altura; el grandioso Monasterio
de la Batalla el cual, con sus amplios salones, soberbios arbotantes,
pináculos y ornamentos, es ciertamente la más bella
joya de la arquitectura medieval del país; el convento-fortaleza
de Tomar, antiguo cuartel general de los templarios lusitanos
y más tarde de la Orden de Cristo; no muy distante, circundada
por murallas medievales y asentada sobre un cerro que domina la
vasta planicie, la encantadora villa de Ourém, con sus
estrechas y accidentadas laderas, ruinas góticas y lienzos
de muralla del viejo castillo del señor feudal; por fin,
construida en el austero y elegante estilo gótico, la gran
abadía cisterciense de Alcobaça, una de las mayores
de Europa que, en sus días de gloria fue centro de fervor
religioso y de gran cultura, dando cabida a más de mil
monjes.
No muy distante de Fátima, hacia el océano, se encuentra
el varias veces centenario pinar de Leiría, plantado por
el rey Don Dionís en plena Edad Media.
En
el paisaje de la región predominan las colinas desnudas
y pedregosas, salpicadas de encinas, viéndose aquí
y allí pueblos de casas blancas, brillantes a la luz
del sol y en los valles, algunos bosques de olivos, robles y
pinos.
Fue
este escenario bucólico, tranquilo y denso en recuerdos,
el escogido por la Madre de Dios para transmitir al mundo una
de las más graves profecías de la Historia. Palabras
venidas del Cielo, cargadas de advertencias, de misericordia
y de esperanza.
Un domingo como los demás para
tres pastorcitos
Transcurría
la primavera de 1917. La Primera Guerra Mundial, la grande y
sangrienta guerra de las naciones, hacía más de
tres años que extendía sus campos de batalla por
casi toda la Tierra.
Sin
embargo, en aquella luminosa mañana del domingo 13 de
mayo, las calamidades y horrores de la guerra parecían
distantes para tres pastorcitos. Se trataba de Lucía
de Jesús dos Santos, la mayor, con 10 años; Francisco
y Jacinta Marto, con 9 y 7 años, respectivamente.
Después de asistir a Misa en la iglesia de Aljustrel,
caserío de la parroquia de Fátima, donde residían,
salieron en dirección a la sierra y allí juntaron
su pequeño rebaño de ovejas castañas y
blancas. Lucía, al escoger el lugar de pastoreo para
el día, dijo con aire de mando:
— Vamos a las tierras de mi padre, en la Cova de Iría.
Obedeciendo,
los otros pusieron en marcha las ovejas, y allí fueron
los tres atravesando los matorrales que cubrían la Sierra
de Aire. Los animales iban arrancando lo que encontraban a su
alcance, y sus cencerros sonaban tristes en el silencio de la
mañana clara.
Era un bello domingo ese 13 de mayo, ¡mes de María!
En el cielo límpido y translúcido, el sol se mostraba
en todo su esplendor.
El
tiempo había pasado sereno y entretenido. Los pastorcitos
ya habían comido su merienda, compuesta de pan de centeno,
queso y aceitunas; habían rezado el Rosario, junto a
un pequeño olivo que el padre de Lucía había
plantado por allí.
Cerca
del mediodía, subieron a una parte más elevada
de la propiedad y comenzaron a jugar…