Historia de Fátima
1908 - 2005
Apariciones y Mensaje
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Primera aparición de la Santísima Virgen

Súbitamente, en medio de su inocente recreo, los tres niños vieron como una claridad de relámpago que los sorprendió. Contemplaron el cielo, el horizonte y, después, se miraron entre sí: cada uno vio al otro mudo y atónito; el horizonte estaba limpio y el cielo luminoso y sereno. ¿Qué habría pasado?

Pero Lucía, siempre con cierto tono imperativo, ordenó:

— Vengan, que puede venir una tormenta.

— Pues vamos, dijo Jacinta.

Juntaron el rebaño y lo condujeron descendiendo hacia la derecha. A medio camino entre el monte que dejaban y una encina grande que tenían delante, vieron un segundo relámpago.
Con redoblado susto, apresuraron el paso continuando el descenso. Sin embargo, apenas habían llegado al fondo de la «Cova» cuando se pararon, confusos y maravillados: allí, a corta distancia, sobre una encina de un metro y poco de altura, se les aparecía la Madre de Dios.

Según las descripciones de la Hermana Lucía, era «una Señora vestida toda de blanco, más brillante que el sol, irradiando una luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente». Su semblante era de una belleza indescriptible, ni triste ni alegre, sino serio, tal vez con una suave expresión de ligera censura. ¿Cómo describir con detalle sus trazos? ¿De qué color eran los ojos y los cabellos de esa figura celestial? ¡Lucía nunca lo supo decir con certeza!

El vestido, más blanco que la propia nieve, parecía tejido de luz. Tenía las mangas relativamente estrechas y el cuello cerrado, llegando hasta los pies que envueltos por una tenue nube, apenas se veían rozando la copa de la encina. La túnica era blanca, y un manto también blanco, con bordes de oro, del mismo largo que el vestido, le cubría casi todo el cuerpo. «Tenía las manos puestas en actitud de oración, apoyadas en el pecho, y de la derecha pendía un lindo rosario de cuentas brillantes como perlas, con una pequeña cruz de vivísima luz plateada. [Como] único adorno, un fino collar de oro reluciente, colgando sobre el pecho y rematado casi a la altura de la cintura, por una pequeña esfera del mismo metal».

Lo que ocurrió a continuación es así relatado por la Hermana Lucía:

«Estábamos tan cerca, que quedábamos dentro de la luz que la cercaba, o que irradiaba. Tal vez a un metro y medio de distancia, más o menos. Entonces, Nuestra Señora nos dijo:

No tengáis miedo, no os haré mal.

— ¿De dónde es Vuestra Merced? le pregunté.
— Soy del Cielo.
—¿Y qué quiere de mí Vuestra Merced?
— Vengo a pediros que volváis aquí durante seis meses seguidos, los días 13 y a esta misma hora.  Después os diré quién soy y lo que quiero. Y volveré aquí aun una séptima vez.
— ¿Y yo también voy a ir al Cielo?

Sí, irás.

—¿Y Jacinta?
— También.
— ¿Y Francisco?
— También, pero tiene que rezar muchos rosarios.

EL MENSAJE DE FATIMA
 
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