¡Queridos jóvenes!
Al dirigirme con alegría a vosotros que os estáis
preparando para la XXI Jornada Mundial de la Juventud, revivo
en mi alma el recuerdo de las experiencias enriquecedoras hechas
en Alemania el pasado mes de agosto. La Jornada de este año
se celebrará en las diferentes Iglesias locales y será
una ocasión oportuna para reavivar la llama del entusiasmo
encendida en Colonia y que muchos de vosotros habéis
llevado a las propias familias, parroquias, asociaciones y movimientos.
Será al mismo tiempo un momento privilegiado para hacer
participar a tantos amigos vuestros en la peregrinación
espiritual de las nuevas generaciones hacia Cristo.
El tema que propongo a vuestra consideración es un versículo
del Salmo 118[119]: “Para mis pies antorcha es tu palabra,
luz para mi sendero” (v. 105). El amado Juan Pablo II
comentó así estas palabras del Salmo: “El
orante se derrama en alabanza de la Ley de Dios, que toma como
lámpara para sus pasos en el camino a menudo oscuro de
la vida” (Audiencia general del miércoles 14 de
noviembre de 2001, L’Osservatore Romano, edición
española, p. 12 [640]). Dios se revela en la historia,
habla a los hombres y su palabra es creadora. En efecto, el
concepto hebreo “dabar”, habitualmente traducido
con el término “palabra”, quiere significar
tanto palabra como acto. Dios dice lo que hace y hace lo que
dice. En el Antiguo Testamento anuncia a los hijos de Israel
la venida del Mesías y la instauración de una
“nueva” alianza; en el Verbo hecho carne Él
cumple sus promesas. Esto lo pone también en evidencia
bien el Catecismo de la Iglesia Católica: “Cristo,
el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta
e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá
otra palabra más que ésta” (n. 65). El Espíritu
Santo, que guió al pueblo elegido inspirando a los autores
de las Sagradas Escrituras, abre el corazón de los creyentes
a la inteligencia que éstas contienen. El mismo Espíritu
está activamente presente en la Celebración eucarística
cuando el sacerdote, pronunciando “in persona Christi”
las palabras de la consagración, convierte el pan y el
vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, para que sean alimento
espiritual de los fieles. Para avanzar en la peregrinación
terrena hacia la Patria celeste, ¡todos tenemos que nutrirnos
de la palabra y del pan de Vida eterna, inseparables entre ellos!
Los Apóstoles acogieron la palabra de salvación
y la transmitieron a sus sucesores como una joya preciosa custodiada
en el cofre seguro de la Iglesia: sin la Iglesia esta perla
corre el riesgo de perderse o hacerse añicos. Queridos
jóvenes, amad la palabra de Dios y amad a la Iglesia,
que os permite acceder a un tesoro de un valor tan grande introduciéndoos
a apreciar su riqueza. Amad y seguid a la Iglesia que ha recibido
de su Fundador la misión de indicar a los hombres el
camino de la verdadera felicidad. No es fácil reconocer
y encontrar la auténtica felicidad en el mundo en que
vivimos, en el que el hombre a menudo es rehén de corrientes
ideológicas, que lo inducen, a pesar de creerse “libre”,
a perderse en los errores e ilusiones de ideologías aberrantes.
Urge “liberar la libertad” (cfr. Encíclica
Veritatis splendor, 86), iluminar la oscuridad en la que la
humanidad va a ciegas. Jesús ha mostrado cómo
puede suceder esto: “Si os mantenéis en mi Palabra,
seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis
la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32).
El Verbo encarnado, Palabra de Verdad, nos hace libres y dirige
nuestra libertad hacia el bien. Queridos jóvenes, meditad
a menudo la palabra de Dios, y dejad que el Espíritu
Santo sea vuestro maestro. Descubriréis entonces que
el pensar de Dios no es el de los hombres; seréis llevados
a contemplar al Dios verdadero y a leer los acontecimientos
de la Historia con sus ojos; gustaréis en plenitud la
alegría que nace de la verdad. En el camino de la vida,
que no es fácil ni está exento de insidias, podréis
encontrar dificultades y sufrimientos y a veces tendréis
la tentación de exclamar con el Salmista: “Humillado
en exceso estoy” (Sal118 [119], v. 107). No os olvidéis
de añadir junto a Él: Señor “dame
la vida conforme a tu palabra... Mi alma está en mis
manos sin cesar, mas no olvido tu ley” (Ibíd..,
vv. 107.109). La presencia amorosa de Dios, a través
de su palabra, es antorcha que disipa las tinieblas del miedo
e ilumina el camino, también en los momentos más
difíciles.