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5.
Entonces, ¿quién y qué puede impedir la consecución
de la paz? A este propósito, la Sagrada Escritura, en su
primer Libro, el Génesis, resalta la mentira pronunciada
al principio de la historia por el ser de lengua bífida,
al que el evangelista Juan califica como « padre de la mentira
» (Jn 8,44). La mentira es también uno de los pecados
que recuerda la Biblia en el capítulo final de su último
Libro, el Apocalipsis, indicando la exclusión de los mentirosos
de la Jerusalén celeste: «¡Fuera... todo el
que ame y practique la mentira! » (22,15). La mentira está
relacionada con el drama del pecado y sus consecuencias perversas,
que han causado y siguen causando efectos devastadores en la vida
de los individuos y de las naciones. Baste pensar en todo lo que
ha sucedido en el siglo pasado, cuando sistemas ideológicos
y políticos aberrantes han tergiversado de manera programada
la verdad y han llevado a la explotación y al exterminio
de un número impresionante de hombres y mujeres, e incluso
de familias y comunidades enteras. Después de tales experiencias,
¿cómo no preocuparse seriamente ante las mentiras
de nuestro tiempo, que son como el telón de fondo de escenarios
amenazadores de muerte en diversas regiones del mundo? La auténtica
búsqueda de la paz requiere tomar conciencia de que el
problema de la verdad y la mentira concierne a cada hombre y a
cada mujer, y que es decisivo para un futuro pacífico de
nuestro planeta.
6. La paz es un anhelo
imborrable en el corazón de cada persona, por encima
de las identidades culturales específicas. Precisamente
por esto, cada uno ha de sentirse comprometido en el servicio
de un bien tan precioso, procurando que ningún tipo de
falsedad contamine las relaciones. Todos los hombres pertenecen
a una misma y única familia. La exaltación exasperada
de las propias diferencias contrasta con esta verdad de fondo.
Hay que recuperar la conciencia de estar unidos por un mismo
destino, trascendente en última instancia, para poder
valorar mejor las propias diferencias históricas y culturales,
buscando la coordinación, en vez de la contraposición,
con los miembros de otras culturas. Estas simples verdades son
las que hacen posible la paz; y son fácilmente comprensibles
cuando se escucha al propio corazón con pureza de intención.
Entonces la paz se presenta de un modo nuevo: no como simple
ausencia de guerra, sino como convivencia de todos los ciudadanos
en una sociedad gobernada por la justicia, en la cual se realiza
en lo posible, además, el bien para cada uno de ellos.
La verdad de la paz llama a todos a cultivar relaciones fecundas
y sinceras, estimula a buscar y recorrer la vía del perdón
y la reconciliación, a ser transparentes en las negociaciones
y fieles a la palabra dada. En concreto, el discípulo
de Cristo, que se ve acechado por el mal y por eso necesitado
de la intervención liberadora del divino Maestro, se
dirige a Él con confianza, consciente de que «
Él no cometió pecado ni encontraron engaño
en su boca » (1 P 2,22; cf. Is 53,9). En efecto, Jesús
se presentó como la Verdad en persona y, hablando en
una visión al vidente del Apocalipsis, manifestó
un rechazo total a « todo el que ame y practique la mentira
» (Ap 22,15). Él es quien revela la plena verdad
del hombre y de la historia. Con la fuerza de su gracia es posible
estar en la verdad y vivir de la verdad, porque sólo
Él es absolutamente sincero y fiel. Jesús es la
verdad que nos da la paz.
7.
La verdad de la paz ha de tener un valor en sí misma y
hacer valer su luz beneficiosa, incluso en las situaciones trágicas
de guerra. Los Padres del Concilio Ecuménico Vaticano II,
en la Constitución pastoral Gaudium et spes, subrayan que
« una vez estallada desgraciadamente la guerra, no todo
es lícito entre los contendientes ».[7] La Comunidad
Internacional ha elaborado un derecho internacional humanitario
para limitar lo más posible las consecuencias devastadoras
de la guerra, sobre todo entre la población civil. La Santa
Sede ha expresado en numerosas ocasiones y de diversas formas
su apoyo a este derecho humanitario, animando a respetarlo y aplicarlo
con diligencia, convencida de que, incluso en la guerra, existe
la verdad de la paz. El derecho internacional humanitario se ha
de considerar una de las manifestaciones más felices y
eficaces de las exigencias que se derivan de la verdad de la paz.
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